¿Qué pasa en el cuerpo cuando tenemos miedo?

Miedo
Foto / El Español

El miedo puede ser tan simple como el estremecimiento al tocar una antena de un caracol o tan complejo como la ansiedad existencial en un humano.

Similar a otros animales, a menudo aprendemos el miedo a través de experiencias personales, como ser atacado por un perro agresivo u observar a otros humanos ser atacados por un perro agresivo.

Los individuos suelen referirse a los cambios fisiológicos que ocurren cuando experimentan el miedo en forma de dos respuestas opuestas: luchar o huir. En general, como sugiere su nombre, los cambios preparan al animal para pelear o correr.

La frecuencia respiratoria aumenta, la frecuencia cardíaca sigue su ejemplo, los vasos sanguíneos periféricos (en la piel, por ejemplo) se contraen, los vasos sanguíneos centrales alrededor de los órganos vitales se dilatan para inundarlos con oxígeno y nutrientes, y los músculos se bombean con sangre, listos para reaccionar.

¿Dónde comienza el miedo?

En el cerebro, por supuesto. La respuesta comienza en la amígdala que, cuando tenemos miedo, desencadena una respuesta sofisticada y coordinada en nuestros cerebros y cuerpos. 

La amígdala es capaz de desencadenar actividad en el hipotálamo, que activa la glándula pituitaria, que es donde el sistema nervioso se encuentra con el sistema endocrino. En este momento, el sistema nervioso simpático, una división del sistema nervioso responsable de la respuesta de lucha o huida, le da un empujón a la glándula suprarrenal, alentándolo a inyectar una dosis de epinefrina en el torrente sanguíneo.

¿Por qué nos quedamos paralizados?

Cuando están asustados, la mayoría de los animales se quedan paralizados unos momentos antes de decidir qué hacer a continuación.

A veces, permanecer inmóvil es el mejor plan; por ejemplo, si fueras un mamífero pequeño o si estás bien camuflado, quedarte quieto podría salvarte la vida.

Distorsiona la realidad

Un estudio publicado en 2011 encontró que el miedo puede hacer que una amenaza se vea peor de lo que realmente es.

Aunque ciertamente no sucede en todos los casos, las personas que temen particularmente algo, como a una araña, tienen menos probabilidades de adivinar correctamente el tamaño de la criatura y de percibir que es más grande.

Fuente: Globovisión