Pobreza y Desgracia

La tragedia ocurrida hace apenas unos días en la zona de La Mosquitia ha estremecido la consciencia de los hondureños, porque ha cobrado la vida de casi treinta pescadores agobiados por la pobreza y golpeados por la exclusión.

Es un hecho infausto que no debió suceder, pero es el reflejo fiel de la realidad que viven nuestros compatriotas en Gracias a Dios, un departamento olvidado, sumido en la miseria y víctima del populismo de nuestros gobernantes.

En efecto, la gran mayoría de pobladores de la región vive en situación de rezago, lo que les obliga a dedicarse a precarias labores. Aprovechando la coyuntura, autoridades locales han solicitado mayor respaldo para elevar las condiciones de vida de la zona, con propósitos genuinos, unos; y con espíritu oportunista, otros.

Los habitantes de Gracias a Dios se encuentran en completa desprotección. Así ha ocurrido siempre. Es una porción del territorio nacional, donde la pobreza se acentúa y donde no existen proyectos de desarrollo.

No faltamos a la verdad cuando aseveramos que La Mosquitia nada más cobra notoriedad por el naufragio de embarcaciones en las que se aventuran decenas de hombres que nada más viven de la pesca y de la extracción de langosta, camarones y pepinos de mar.

También figura porque es uno de los principales puntos donde son localizadas pistas de aterrizaje clandestinas de naves que transportan droga. La necesidad es de tal magnitud que es común que niños, jóvenes y mujeres permanezcan a la expectativa de que lleguen los cargamentos de sustancias prohibidas para recibir una compensación monetaria a cambio de colocarlos a buen resguardo.

Por lo demás, todo el departamento de Gracias a Dios refleja los indicadores más altos de retraso en los órdenes social, económico, cultural y político.

Siete de cada diez habitantes no luchan por condiciones de una vida digna, sino por sobrevivir en las situaciones de mayor desventaja. Allí, en la parte oriental del país, cerca de cien mil habitantes literalmente juegan una partida diaria con la muerte por la profunda desigualdad de que son objeto.

Son vastas las zonas de nuestro territorio donde los hondureños azotados por la discriminación, pero quizás Gracias a Dios sea la porción donde las necesidades son más descarnadas.

Es hora, entonces, de que los gobernantes vuelvan su mirada de solidaridad, protección, misericordia hacia ese abandonado sector, porque es una obligación, es un principio de dignidad y no una cuestión de acomodamiento populista.