La educación, a la sombra de la irracional violencia

¡Triste realidad! Pero la principal institución de educación superior se ha convertido en escenario de una ingobernabilidad que no parece tener solución y en un terreno fértil de confrontaciones irracionales.

Se ha privilegiado la violencia sin sentido y se ha dejado al margen la gran comisión de cultivar el conocimiento entre nuestros jóvenes, el principal activo de Honduras.

Lo sucedido en la Ciudad Universitaria es más que lamentable. No en vano se vino encima una lluvia de condenas de parte de algunos representantes de la academia, la empresa privada, organizaciones No Gubernamentales y analistas de la realidad local y foránea.

El ingreso de efectivos de las fuerzas militares en el campus de la Alma Máter resultó contraproducente en las circunstancias en que se dio la acción, puesto que generó más violencia. 

Estamos claros que un grupo de jóvenes -de quienes se desconoce si son verdaderos alumnos o piezas insertadas con fines perversos en la escena- han alentado el vandalismo durante varias semanas, particularmente en Ciudad Universitaria.

Sin embargo, nada explica la incursión de militares ni el uso excesivo de la fuerza en la intención de neutralizar los brotes de anarquía en la máxima casa de estudios, por mucho que las autoridades han desbordado en justificaciones sobre el hecho.

Es un episodio que debe ser investigado en profundidad, sin medias tintas y sin intereses creados, porque está de por medio el cumplimiento de una prioridad irrenunciable del Estado como es la protección del derecho a la vida.

Tal y como lo han plasmado los órganos de dirección de la principal entidad de enseñanza superior del Estado, la Universidad no puede ser convertida en una extensión del campo de batalla en que grupos políticos pretenden sumir al país, pero tampoco su problemática puede ser tomada como un pretexto para violentar los principios de la academia y los fundamentos del saber para el desarrollo.

La Universidad es el templo donde, al menos en teoría, han de gestarse los conocimientos y desde donde tiene que surgir la luz para orientar el progreso del país en todos sus órdenes.

En un contrasentido, la llamada “Alma Nutricia” se ha enredado en un telaraña de inseguridad, falta de orden, ausencia de autoridad y, ahora mismo, en un terreno donde se libran batallas en las que tienen participación legítimos protestantes y grupos que defienden extraños intereses.

Dicho estado de convulsión ya se salió de control. Ha llegado a su extremo, lo que vuelve imprescindible replantear el papel de la Universidad en todo el contexto de zozobra que vive Honduras.