La apertura inteligente de la economía y el costo social de la pandemia

Economía en tiempos de pandemia.

Pasados más de 60 días desde que Honduras entró en un período de paralización a causa de la pandemia del Covid, la desesperación se ha apoderado de vastos sectores de la población y de grupos económicos que exigen su retorno a la “nueva normalidad”.
 
Como reflejo de esta circunstancia singular que nos toca vivir ahora, diversos puntos del Distrito Central, Francisco Morazán; Tocoa, Colón; Juticalpa, Olancho; y algunas zonas de Comayagua, se convirtieron en las últimas 24 horas en escenarios de encendidas protestas.
 
Los transportistas de los rubros de taxis, mototaxis y autobuses urbanos e interurbanos han endurecido sus medidas de presión, porque arguyen que ya no pueden seguir encerrados, no tienen dinero y están imposibilitados de satisfacer sus prioridades.
 
Los pobladores de numerosos barrios y colonias de la capital y de tierra adentro, también reclaman la mano protectora de las autoridades centrales y locales frente a sus muchas carencias y aflicciones.
 
Estos semejantes sufren las consecuencias del cierre de sus fuentes de sustento y cada día que pasa les es más difícil sobrevivir en medio del ataque de la pandemia.
 
A estas voces se suma la amenaza de los dirigentes obreros que anunciaron que se tomarán las calles del país si continúa lo que ellos tildan de “masacre laboral” cometida al calor de la emergencia y que se ha traducido en la cancelación o suspensión de 250,000 empleados del sector privado.
 
Es difícil la coyuntura que enfrentamos a resultas de la postración económica, el deterioro de la condiciones sociales de los grupos rezagados y el acecho de una plaga que pone a prueba de fuego nuestro comatoso sistema de salud.
 
Es una verdad irrefutable que nos encontramos ante una disyuntiva de asumir los riesgos para evitar que el nuevo virus cobre la vida de centenares de personas y de darle sostenimiento a las actividades que oxigenan el aparato económico del país.
 
Ya se ha iniciado la apertura inteligente de ciertos rubros productivos y está en cartera la reactivación de otros renglones sensibles de manera gradual, focalizada y de conformidad con el perfil epidemiológico de cada zona geográfica.
 
Somos conocedores que también los sectores industrial y empresarial, especialmente las PYMES, urgen normalizar sus actividades. Su pronóstico de vida está por caducar. Se estima que, a junio de 2020, el 40 por ciento de las empresas tendrán que cerrar si no logran sobreponerse a la paralización establecida desde la segunda mitad de marzo.
 
Al mismo tiempo, no podemos desestimar que es un fin supremo preservar la vida de la población entera, amenazada por el Covid que avanza raudo por todo el territorio sobre proyecciones apocalípticas que indican que podría provocar entre 15,000 y 20,000 muertos si no se pone en marcha una estrategia eficaz de contención.
 
Sabemos bien que nada volverá a ser igual, que el nuevo virus estará entre nosotros. Nos queda, entonces, encontrar un balance entre la movilidad del aparato productivo, la reactivación económica y las justas demandas sociales que toman fundamento en la solidaridad y en el valor humanitario que deben imponerse en épocas de calamidad.