Emigrantes y redadas

Los hondureños siguen huyendo hacia Estados Unidos; la mayoría no logran llegar y muchos pierden su vida de la manera más dramática en el espinoso camino al norte.

La hostilidad hacia los indocumentados se ha recrudecido como lo ponen en evidencia las incesantes amenazas expresadas por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump y sus referencias despectivas y xenofóbicas.

Las advertencias del mandatario y sus colaboradores no sólo son dirigidas a quienes intentan ingresar de manera irregular. Son extensivas a los indocumentados que ya lograron traspasar la frontera e ingresar en tierras de la Unión Americana.

Está previsto que en los próximos días se desaten redadas de inmigrantes en diez ciudades de Estados Unidos, en lo que se convertiría  en una “cacería de ilegales” sin precedentes. Al menos esto es lo que avizoran los desplazados que están en la mira del régimen Trump.

Y es que el flujo de emigrantes no cesa. Muy a pesar del endurecimiento de las medidas de la administración republicana, cuyo espíritu linda con la “patriotería”.

Este sentimiento de rechazo hacia los “sin papeles” va en línea paralela con las descarnadas escenas de emigrantes, en gruesa proporción de niños, que han muerto en la pretensión de atravesar la “tierra prometida”.

El endurecimiento de la política migratoria estadounidense debería suponer una reducción en el número de indocumentados que se lanzan a la conquista de una vida digna.

No ha sido así. Ni las amenazas de Trump, ni el corte de la ayuda financiera a los países exportadores de emigrantes como el nuestro, ni el reforzamiento de la seguridad en la frontera con México; tampoco el acoso de las bandas criminales que operan en la ruta migratoria, han detenido a los “caminantes”.

El cuestionamiento mayúsculo es: ¿Qué ha hecho nuestro país para desincentivar la emigración ilegal? Los datos responden por sí mismos. Diariamente salen del territorio nacional 500 compatriotas que buscan una escapatoria de la miseria, de la corrupción y otras manifestaciones de la profunda exclusión de que es víctima la mayoría de la población.

El todo del discurso migratorio es que las deplorables condiciones de vida en Honduras, mueven a un mayor número de excluidos a marcharse al norte, lejos de motivarles a fortalecer las raíces de la prosperidad en territorio propio.

Hay que “hacer algo” para enfrentar la crisis humanitaria que se deriva de la emigración de mujeres, hombres, jóvenes y, sobre todo, niños, porque nos retrata como un país donde no hay porvenir.