Educación en declive y subdesarrollo

Group of children take classes outdoors while they wait for a school to be bhild in Salgar Antioch, Colombia.

Es un retroceso muy marcado el que sufre nuestro país, a causa de los brotes de vandalismo en las instituciones de enseñanza básica en los principales departamentos.

Los movimientos estudiantiles y docentes que resurgieron al calor de la Plataforma de Lucha por la Educación hace varias semanas trajeron de nuevo el caos al sistema de enseñanza.

La ingobernabilidad se ha agudizado en las escuelas y colegios. Con ello, se ha restablecido el estado de secuestro de los alumnos, cobrado vida los reclamos no ponderados de los profesores y se ha colocado una lápida a la propuesta de reforma educativa.

En el reciente pasado, la iniciativa de transformación de la enseñanza-aprendizaje se vio ensombrecida por una acción de persecución de los maestros, cuyo derecho al reclamo fue castrado.

Más recientemente, los ingredientes de la politiquería y el mediatizado discurso sobre la introducción de cambios sustanciales en el sistema educativo público se volvieron más patentes y adquirido más bríos.

Ordinariamente, los alumnos han pagado parte del precio de este embrollo, sin dejar de anotar un hecho. Y es que hay sectores de jóvenes ideologizados que han tomado protagonismo en las últimas semanas y logrado una paralización del programa escolar en las ciudades más importantes del país.

A este clima trastornado, hay que agregar que la educación no ha sido ni es una prioridad en la distribución de los recursos del Estado ni en los planes de país.

Honduras no sólo muestra un evidente rezago en cuanto al rendimiento de los alumnos que no alcanzan los conocimientos ni las competencias requeridas.

La inversión de recursos para la instrucción de los niños y jóvenes tampoco es suficiente. Nuestro país destina un poco más de 900 dólares por cada persona que tiene los años ordenados para ser atendido por el sistema educativo y apenas 300 dólares per cápita, según la evaluación de académicos del nivel superior.

Sin embargo, otros estudios resaltan que el Estado orienta una pírrica cantidad entre 1,300 y 1,500 lempiras, dado que el 90 por ciento de la partida de Educación se va en gastos por sueldos, salarios y otros compromisos corrientes.

En el tema educativo, lo sustancial se convirtió en intrascendente o en líneas relegadas a segundo plano. Esto explica por qué los indicadores de desempeño, permanencia en las aulas, desarrollo de competencias y calidad retratan a Honduras como un país sumergido en la ignorancia y en un sistema educativo en declive.

Nuestro país no podrá avanzar si cada uno de los actores del sistema educativo no asumen sus compromisos ni alcanzan los niveles de razonamiento y sabiduría que nos lleve a entender que el desarrollo se construye sobre los cimientos de una educación con calidad, pertinencia e inclusión.