Columna: Las llamas consumen la vida de nuestros niños

¡Qué dolor producen las historias patéticas de los menores que mueren abrasados!

Estas escenas son desgarradoras. Por desgracia, son hechos que se replican en aquellos sectores habitacionales donde la miseria es patente y las necesidades son insondables.

No hemos completado ni siquiera la primera quincena de 2019, pero ya se han registrado dos siniestros en los que han perecido calcinados tres pequeños.

El viernes anterior, las llamas terminaron con la existencia de dos niños en San Pedro Sula. Su madre los había dejado solos mientras ella realizaba una diligencia en el mismo barrio donde la gente sobrevive cada día a los infortunios de la exclusión social.

Un día después, el sábado recién pasado, un capítulo semejante se presentó en una cuartería de la capital. La víctima fue una niña de tan sólo seis años que no pudo escapar a las llamas. En cuestión de segundos, el fuego acabó con su casa y con las habitaciones cercanas.

Los elementos del Cuerpo de Bomberos han explicado que estas catástrofes tienen múltiples causas, entre las cuales se mencionan la sobrecarga de las instalaciones eléctricas y las inadecuadas conexiones, la mayoría de ellas, clandestinas.

Es una fatalidad humana que cala profundamente. Son tres niños los que han muerto en circunstancias espantosas que nos recuerdan que nuestra sociedad es insensible al entorno calamitoso en que viven la mayoría de hogares en nuestra Honduras.

En casi todos los tiempos, los pobres -particularmente los niños en esa condición- han sido utilizados por los gobernantes, por lo politiqueros e incluso por muchas organizaciones no gubernamentales y privadas de desarrollo para fines oportunistas.

Se han valido de las necesidades de estos prójimos para ganar terreno y sacar utilidades malsanas y perversas, pero no les ha interesado ayudar a esta gente a salir de su indigencia.

El dantesco cuadro de los niños que caen abrasados debe mover a los mandatarios de turno y a todos los hondureños, sin distinción, a identificarnos con los más necesitados, lo que implica la construcción de políticas públicas de movilidad social.

Hay que ingresar en ese “inframundo” donde los pobres y los indigentes batallan solos por sobrevivir y donde las víctimas directas son nuestros niños.