Ambiciones de poder y religión

Está claro y comprobado que la política y la religión no contienen.

La mezcla entre las ambiciones de poder y la predicación de las buenas nuevas para salvación, no es sana. Es que la palabra pronunciada desde el púlpito no es compatible con los discursos falsos revestidos de verdades condicionadas pronunciados por los políticos.

Este contraste ha quedado plasmado en los enfrentamientos entre un sector de religiosos que propugna por la creación de un partido político y otro segmento que reprocha el espíritu de tal pretensión.

Los líderes que impulsan la participación de los representantes de la fe en iniciativas proselitistas piensan que todos los hondureños tienen derecho a tener un papel protagónico en la vida democrática.

Empero, los críticos de tales apetitos mostrados por algunos ministros de la fe, no tienen duda que la incursión de la iglesia en la estructura política sólo puede acarrear la división de la familia hondureña.

Y es cierto. El Estado de Honduras es laico; consecuentemente, el ejercicio de cargos públicos de jerarquía por parte de los autodenominados “hombres de Dios” es una fórmula que no cuadra.

El servicio a los negocios de Dios, en paralelo con los asuntos políticos y vernáculos suponen una disyuntiva espiritual, moral y ética que termina por contaminar a la sociedad y a la célula familiar, en lugar de realizar un trabajo de saneamiento y de cohesión.

Éste es un riesgo que no debemos correr; menos aún en momentos en que nos debatimos en una sociedad llena de odio, de corrupción y donde los principios morales están totalmente degradados.

No hacemos caso omiso de una realidad dolorosa: En nuestro país han tomado carta propia e impuesto su incidencia en una sociedad perversa y en una generación que parece haber perdido su rumbo y su propósito de vida.

¿Acaso la incursión de los religiosos en la trinchera política nos ayudará a los hondureños a salir del oscurantismo y a sacudirnos de encima la doble moral?

Seguramente no. Los líderes religiosos no tendrían por qué prestarse al mortal juego de abandonar la búsqueda del reino de los cielos para entregarse en las garras de la ambición por el poder político.

El tema ha estado en debate durante prolongados períodos. Se han hecho muchos intentos por fabricar liderazgos político-religiosos, merced a una manipulación de  los sentimientos de un conglomerado de fieles.

Los predicadores tienen una alta responsabilidad de ser la luz y la sal del mundo, de llevar entendimiento al pueblo, de ser parte de una reserva moral y de guiar en procura de la justicia a este pueblo sediento de orientación y de la palabra de la verdad.

¡A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César!