Actitud suicida frente al dengue

La epidemia del dengue ya registra una mortalidad de dimensión apocalíptica en el país y, por lo mismo, es una situación que se está yendo fuera de control.

Los datos estadísticos revelan que las muertes certificadas son casi medio centenar, los decesos que por ahora no están confirmados ascienden a cerca de cuatro decenas y el número de casos de dengue contabilizados hasta ahora sobrepasan los 20,000.

No es simple la emergencia que enfrentamos. El zancudo transmisor de virus nos tiene literalmente “de rodillas”, un estado al que hemos llegado por la deplorable capacidad de reacción del aparato sanitario del sector gubernamental.

Debemos reconocer que también influye en el agravamiento de este expediente la desidia de la población que se muestra renuente a obedecer las recomendaciones que son pertinentes a evitar la proliferación de la plaga.

Nuestra gente se niega a recibir en sus casas a las brigadas diseminadas por los cuerpos de salud, de contingencias y de gestión de riesgos, para las tareas de fumigación y entrega de químicos utilizados en la destrucción de aquellos nichos donde vive y se alimenta el zancudo.

En el colmo de la indiferencia y falta de responsabilidad, habitantes de comunidades en riesgo han reclamado a las comisiones de personal especializado que sean éstas quienes realicen el trabajo de limpieza de sus hogares y de corte de la maleza crecida en sus patios.

¡No puede ser así! Es difícil explicar el comportamiento de una buena parte de la población que, a sabiendas de que Honduras está ante la peor arremetida de la epidemia del dengue, muestra una apatía suicida a acatar las medidas elementales de prevención frente a semejante amenaza mortal.

Entre la población hondureña No existe consciencia verdadera de la magnitud de la peste que ha tomado un comportamiento atípico y de consecuencias impredecibles.

Contradictoriamente son los habitantes de las comunidades situadas en la franja roja de incidencia del dengue, quienes muestran mayor indolencia a los llamados a permanecer en alerta.

Llama la atención que los menores de edad son las principales víctimas de la epidemia, lo que se explica porque los pequeños son llevados al médico cuando las posibilidades de salvar su vida son escasas.

Y en lo que toca a los adultos, éstos suelen dejar pasar el tiempo y automedicarse, una condición que más bien empeora el manejo de su cuadro clínico.

El mal que nos cae como látigo debió enfrentarse con mucho tiempo de anticipación, es verdad. Lo que corresponde es apurar el paso, actuar coordinadamente y unir la participación de todos los sectores.

La peste del dengue provocará una catástrofe sin precedentes, si no se da posibilidad a la integración consecuente de la población, de los órganos de emergencia, de las dependencias de gestión de riesgos y de otros actores que forman parte de toda la estructura que batalla contra la mortal epidemia.