Un torbellino de comentarios ha generado, una vez más, el programa “nada púdico” de distribución de un millón de preservativos entre la población que se desplazará a disfrutar de las vacaciones de verano.

Ocurre todos los años. Las autoridades de la cartera ministerial de Salud le han dado carácter institucional a la entrega de profilácticos a los viajeros, en lo que es considerada como una ingenua medida preventiva y de salud sexual.

Es un asunto que tiene que ver con el desenfreno y la conducta inapropiada en un tiempo que debería de ser dedicado a la espiritualidad y a la reflexión.

Hay que admitir que siempre hemos tenido una visión demasiado simplista de la Semana Santa. En lugar de llevar a cabo un esfuerzo por restablecer los valores fundamentales, tal parece que en Honduras hemos ensanchado las avenidas de una convivencia torcida y desprovista de las reglas de honra, prudencia y respeto.

Nuestra sociedad es víctima de lo que ha cosechado: Odio y no amor; injuria, antes que perdón; duda, en vez de fe; pesar, en lugar de esperanza; y oscuridad, por encima de la luz.

Deberíamos de aspirar a sembrar alegría, y no tristeza; a entender y ser solidario, pues es mejor dar que recibir, buscar la paz, proclamar la unidad y construir una sociedad sobre la base de la familia.

Hemos derrumbado los pilares de la moralidad que nos lleva a la sana convivencia y nos aleja del respeto al prójimo y de la restauración de la dignidad humana.

Semana Santa debería de ser para cada uno de nosotros, una experiencia única de morir al pecado y vivir en gracia con Dios y en comunión con el prójimo.

Es un momento que invita a escarbar nuestras raíces y a volver a una  identidad más pura, solidaria, bondadosa y de generosidad. Para alcanzar estos niveles, tendríamos que dar un cambio en nuestra actitud frente a la vida en todos los órdenes.