En este hotel de los suburbios de Tokio, el ambiente es a primera vista extrañamente tranquilo. No hay nadie en recepción, pero cuando el visitante se acerca es recibido por una voz grave y metálica.

Dos dinosaurios, que parecen salidos del Parque Jurásico, tocados con un quepí de mozo de equipajes, surgen de pronto, alertados por un detector de movimientos, e invitan al cliente a registrarse en una pantalla táctil.

La interacción es muy limitada y el objetivo es sobre todo lúdico en este establecimiento, oportunamente llamado Henn na, literalmente “Raro”, donde los peces del acuario son también robots, o más bien pequeños artefactos articulados cubiertos de lucecitas intermitentes. “No queremos un hotel que sea simplemente para dormir, queremos divertir”, asegura el gerente Yukio Nagai.

Hideo Sawada, que dirige el hotel como parte del parque de diversiones Huis Ten Bosch, insiste en que el uso de robots no es un truco publicitario, sino un esfuerzo serio para utilizar la tecnología y lograr la eficiencia.

El robot recepcionista que habla en inglés es un dinosaurio de aspecto vicioso, y el que habla japonés es un humanoide femenino con pestañas parpadeantes. “Si quieres registrarte, presiona uno”, dice el dinosaurio. El visitante todavía tiene que presionar un botón en el escritorio y escribir información en una pantalla táctil.

Ubicado en la prefectura de Chiba, cerca de Tokyo Disneyland, por unos 130 euros la noche el hotel atrae a numerosas familias con niños, en busca de diversión incluso tras el cierre del parque.

Pero también hay un gran interés en explorar el potencial de los robots en la interacción humana, incluido el cuidado de los ancianos. 

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