Casi completamos la primera semana de 2019, un año que se presenta con muchos desafíos en las materias de gobernabilidad, corrupción, violencia criminal, depresión económica y declive social.

La institucionalidad en el país es particularmente frágil, una condición en la que influye la crisis electoral que no ha podido ser superada, igual como la inseguridad jurídica que resta certidumbre a la inversión y a la generación de empleo.

Los nubarrones se ciernen sobre nuestro país, por las pocas probabilidades de que los políticos abonen a la construcción de un pacto que conduzca a una gestión legítima del Estado.

Hay que tomar cuidado de tales perspectivas oscuras, porque es bien sabido que los anarquistas siempre se aprovechan de todo lo que está a su alcance para alcanzar protagonismo en el escenario.

No hay excepción en 2019, cuando los conciliábulos políticos en el Congreso y la amenaza de los “Comandos Insurreccionales”, traen zozobra en los campos más trascendentales de la vida nacional.

Mientras haya tambaleo en la institucionalidad del país, las perspectivas de hacer que el desarrollo, la disciplina fiscal y los buenos signos de la macroeconomía calcen justamente con las variables sociales.

Porque es inadmisible que las mayorías sigan viviendo en desigualdad social, expresada en la ingrata distribución de la riqueza, la falta de oportunidades laborales, la honda pobreza y la insondable corrupción que le quita todo a los que menos tienen, aparte de abrir fisuras en nuestra plataforma de Estado.

Las metas de 2019 son las mismas que nos hemos propuesto al inicio de cada año; pero esta vez, necesitamos allanar el camino a derroteros de victoria, en serio; sin demagogia, ni absolutismo, ni hipocresía.

La corrupción, la voracidad de los que más tienen, la indiferencia frente a la miseria de los que son más, la insensata búsqueda del poder y la irracionalidad de algunos sectores con altas atribuciones para decidir, vuelven difícil de desenredar la realidad de Honduras.

Pero es hora de reflexionar y demandar a los políticos que cumplan con su deber. No convirtamos a Honduras en un despojo, en una tierra ingobernable, en un escenario de injusticia o en un esqueleto democrático.

Transformemos nuestro país en una tierra fértil.

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