Históricamente Honduras ha hecho descansar su economía sobre el rubro del café.

En dicha actividad productiva, nuestro país se ha posicionado con créditos legítimos como el quinto mayor exportador del mundo, el tercero en América Latina y el primero en el área centroamericana.

En los últimos ciclos, Honduras ha alcanzado cosechas que han venido desde los siete millones hasta los diez millones de sacos y para la temporada que inició la semana recién pasada se espera una cosecha de once millones de quintales del fruto.

El desafío no está en el nivel de productividad de Honduras; tampoco en la calidad del aromático que es exportado. El inconveniente mayúsculo está asociado con el derrumbe de los precios internacionales y el peligro de que se incremente el número de productores que abandonan la caficultura por falta de incentivos.

Honduras ha iniciado una cruzada en términos de armar un bloque en defensa de precios internacionales más justos. La coyuntura debe ser aprovechada para entablar sociedades con el resto de países de Centroamérica. Todo sea para ejercer una presión que derive en una política cafetalera externa con justicia.

Pero no debemos desviar la mirada de otra necesidad: Y es que en el patio local, hay que escuchar la voz de los productores que pugnan porque también prevalezca la equidad en el valor que es pagado en la cadena desde los productores, hasta los exportadores, pasando por los torrefactores.

La caficultura hondureña atraviesa por una particular encrucijada que no únicamente tiene que ver con la cotización deprimida en los destinos internacionales.

Tampoco se trata nada más de los esquemas de financiamiento, porque -al fin y al cabo- los productores y el Gobierno llegaron a un acuerdo de apoyo a la actividad que genera el cinco por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Nos referimos al juego de intereses entre los diferentes sectores que intervienen en el desarrollo de una actividad que, como la cafetalera, derrama sobre la economía un promedio de mil millones de dólares anuales.

El sector es afectado por la falta de una política coherente, efectiva y funcional, las deudas no readecuadas que asfixian a los productores, la limitada mano de obra que ayude a sostener las labores de cultivo y cosecha, las pésimas condiciones en que se encuentra la red vial y -de remate- la gestión politizada del rubro.

Todos estos factores han influido para que surjan, de vez en cuando, enfermizas rivalidades por el manejo de las cuotas de retención y de los fondos de exportación. Estas dos situaciones han sido una amenaza atajada, unas veces sí; otras ocasiones, no.

Y es que el sector del café suele ser valorado por desde el punto de vista de sus utilidades que siempre han despertado los apetitos de los políticos aliados con ciertos empresarios vinculados con el negocio.

Son circunstancias que han jugado en contra de un rubro que es esencial para que el aparato económico hondureño se mantenga vivo y fortalecido. Por este motivo es que no debemos tener una visión corta ni llena de intereses contaminados que sólo nos puede llevar a un decaimiento de la actividad.

Hay que potenciar la caficultura, no sobre una simple propuesta para incrementar masivamente la producción del fruto, sino con base en una estrategia dirigida a elevar la calidad y a diversificar las especies del aromático, además de explorar nuevos mercados para un producto que constituye un sello de puro origen y orgullo hondureño.

¡Ojalá que la cruzada que arrancó Honduras con su llamado por precios justos ante los organismos internacionales, sea la oportunidad para que el país se consolide en el mapa influyente de la caficultura!

 

 

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