Es patético el entorno de nuestro sistema educativo, particularmente porque nuestros niños y jóvenes están cercados por las maras y pandillas.

 

Para mayores males, el asedio de estas agrupaciones delictivas ha traído consigo otras situaciones irregulares: La introducción de armas en los establecimientos de enseñanza y la comercialización de droga, tanto en su interior como en sus alrededores.

 

La semana que acaba de concluir han salido a relucir los datos de una investigación desarrollada por la Universidad Pedagógica, en cuanto al fenómeno de inseguridad que arrastra a los principales actores del proceso enseñanza-aprendizaje.

 

Es hartamente conocido que las asociaciones ilícitas están a la caza de nuestros menores para llevarlos a sus filas. Igualmente, sabemos que la comercialización de droga es una actividad que poco a poco se va de control.

 

Lo dramático es que tales hechos se han recrudecido y combinado con otro elemento explosivo: La introducción y circulación de armas de fuego y blancas en nuestras escuelas y colegios.

 

Los establecimientos de enseñanza sufren una peligrosa y acelerada metamorfosis. De centros académicos y de formación, están convirtiéndose en recintos donde se cultiva la intimidación, se toleran los abusos sexuales, se promueve la violencia y se siembra la semilla del crimen.

 

Es una desgracia que nuestros niños y jóvenes educandos estén desviados de sus objetivos de vida, a causa del proceso de destrucción en que han entrado nuestras familias,y que nuestros centros de enseñanza se encuentren ubicados sobre un campo minado por los delincuentes organizados.

 

Estamos ante el apremio de rescatar nuestras nuevas generaciones de la perdición y de recuperar la esencia de formación y orientación de nuestras escuelas y colegios que, hoy por hoy, están bajo el acecho de agrupaciones ilícitas.  (FIN)

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