Acechan las plagas contra la población más endeble y enferma de nuestro país.

Estamos bajo alerta por el incremento en los casos de influenza, una peste que ya se ha cobrado la vida de una veintena de personas, la mayoría con problemas de hipertensión, diabetes y de vías respiratorias de base.

Los expedientes de dengue, chikungunya y zika, tampoco han disminuido; en sentido opueso, han recrudecido en las últimas semanas en una proporción que roza el 40 por ciento.

No hace mucho, los funcionarios del rubro habían negado que los cuadros de la llamada gripe estacionaria se hubiesen diseminado en la proporción necesaria para la declaración de emergencia.

Y si nos referimos a la familia del dengue, el chikungunya y el zika, estas enfermedades han embestido a los sectores poblacionales más débiles.

Las mencionadas pestes, con todo y sus males asociados, como la microcefalia y el Síndrome de Guillain Barré, nos han caído como las plagas de Egipto.

Por ello es que no entendemos por qué todavía no se ha tomado nota de este diagnóstico ni adoptado los procedimientos para cubrir a los sectores más frágiles frente a las plagas que nos atacan.

Para males mayores, en la zona sur ha causado alarma una rara enfermedad denominada “láfora”, que ha provocado la muerte de cinco personas de una misma familia.

Una observación lapidaria que podemos apuntar acerca del aparato de gestión administrativa de Salud es que no se ha puesto en marcha un programa de respuesta rápida ante las emergencias. ¡Una apatía casi suicida!

La intervención ha sido tardía ante las modernas pestes que abaten a la población, resquebrajada en su salud, ayuna de una buena educación en salud y sin acceso a servicios asistenciales de alta calidad.

Tenemos un cuadro reservado, porque nuestro sistema de salud se encuentra en estado de coma permanente.

Nos queda tomar las medidas de prevención oportunas y permanecer a la expectativa frente a las plagas que nos amenazan.

 

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