La interminable y peligrosa inmigración de hondureños hacia los Estados Unidos ha alcanzado las últimas semanas ribetes dramáticos y conmovedores cuando las nuevas políticas federales migratorias implementadas por la Administración Trump han separado violentamente a niños y niñas indefensos y asustados, de sus padres nada más éstos alcanzaron la frontera de ese país con México.

Las imágenes que ha revelado la televisión internacional y estadounidense de niños hondureños, guatemaltecos y de otros países, llorando desgarradoramente en lo que parecen ser jaulas de confinamiento mientras fueron arrancados brutalmente de sus padres, sólo plasma la terrible desventura a la que tienen que someterse nuestros compatriotas en la búsqueda de una mejor vida en el país del norte.

Se trata de lo que incluso la misma sociedad estadounidense ha calificado no solo de dramáticamente terrible, sino, además, de repugnante. De hecho, la estrella del baloncesto norteamericano y reciente campeón con los Golden State Warriors, Stephen Curry, llamaba a una cruzada a través de su fundación a favor del reencuentro con sus padres de los niños separados y confinados.

Nada parece justificar eso, es decir, la cuasi detención de los menores que entraron acompañados de sus padres. Es algo que va más allá de las acciones anunciadas por la Administración Trump, de por ejemplo enjuiciar a los adultos, a las madres que incluso intentasen solicitar asilo, o de devolverlos a su país de origen una vez tocasen suelo estadounidense.

Y mientras ha trascendido ya la carta de protesta que el gobierno de Honduras envío al Secretario de Estado Mike Pompeo, uno esperaría que en su reciente encuentro con altos mandos de la política estadounidense en Washington, el Presidente Hernández haya plasmado el malestar y la condena del Estados de Honduras ante el comportamiento censurable de la Administración Trump para con el sector más indefenso, débil y vulnerable que es la niñez y la familia misma.

Sería lo menos que el gobierno de Honduras podría hacer frente a esta tragedia humana.
Se trata de un impacto humanitario terrible, a partir de las mismas cifras. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza reveló que en quince días 658 niños fueron separados de 638 padres. Un media de 47 menores indefensos separados diariamente de sus padres.

El Presidente Hernández, seguramente, dejó plasmada su incomodidad y su malestar frente a esta situación, mientras atestiguamos impávidos y aterrorizados comos los mismos niños, este giro en la dramática desventura humana que viven nuestros compatriotas que siguen atreviéndose a llegar a los Estados Unidos a como dé lugar.

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