Hace unos días dimos cuenta de un episodio, de los tantos que componen la hoja de sucesos criminales en nuestra Honduras y que se caracterizan porque cada vez son cometidos con extrema saña.

En una colonia capitalina una mujer fue degollada por un vecino con quien había sostenido una discusión insulsa por la disputa de acceso a una cuartería a través de un portón.

También están en nuestra memoria las imágenes de dos hombres que se fueron a los puntapiés por el absurdo reclamo del derecho de tránsito vial.

Bastan estos solos ejemplos para darnos cuenta que los hondureños estamos llegando a grados de intolerancia preocupantes, que ponen en entredicho nuestros esfuerzos para construir una convivencia pacífica.

Vamos a la ofensiva, prestos a espetar hirientes palabras, a la caza de circunstancias oportunas para descalificar a nuestros semejantes y preparados para generar violencia.

Es peor si se trata de un patrón conductual que se está imponiendo entre sectores de la población y que se reproduce entre los niños y los jóvenes de nuestro país. ¡Una fatalidad!

No es por eventualidad que los suicidios muestren un ascenso, no sólo ente la población de adultos, sino entre menores de edad, una tendencia que se considera toda una desgracia.

Hace unos días, los medios y redes sociales se hicieron eco de la fatal decisión de quitarse la vida de una agente asignada a las labores de investigación en la zona occidental.

Unas semanas atrás, una reconocida profesional del Derecho que seguía un tratamiento psiquiátrico entró en crisis y cortó su existencia.

¿Conclusión? No hay sanidad en nuestra espíritu. Nos estamos degradando como seres humanos y volviendo incomprensible nuestra esencia humana e identidad racional.

El problema es de enorme magnitud. Tristemente, no parece incidir en la consciencia de nuestra sociedad en general. Nos queda, pues, volver a nuestros principios.

Porque si no creamos las bases de la tolerancia, de la comprensión y del respeto por la dignidad humana, terminaremos destrozándonos entre semejantes, en una época de convivencia insensata.

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