Bien dicen que las discusiones que gravitan sobre la religión son candentes e incluso, pueden ser llevadas a expresiones de fanatismo y violencia.

No es extraño que la propuesta que pretende implantar en los centros de enseñanza la lectura de La Palabra genere toda suerte de criterios encontrados; unos moderados, y otros extremos.

La moción presentada en la Cámara Legislativa hace varias semanas y actualmente en proceso de consenso, es bien recibida por varios sectores que propugnan para que en el país volvamos a las raíces de la moralidad.

En contraposición, otros grupos que se apegan estrictamente a las normas legales señalan que el Estado de Honduras es laico; por tanto, el sistema de enseñanza-aprendizaje no tendría que mezclarse con elementos religiosos.

Padres de familia y docenteshan destacado la intención de inculcar el bien entre los niños y jóvenes, pero han enfatizado en que no debemos cometer el error de imponer doctrinas en nuestro sistema educativo.

Hay muchos debates abiertos. Y es lógico si nos referimos a que en el país hay libertad de profesión, lo que significa que no es posible forzar creencias religiosas entre la diversidad de la sociedad hondureña.

Apenas hemos hecho alusión a unos cuantos elementos diferenciados que tendrían que haber sido tomados en cuenta por los legisladores que impulsan la lectura de La Biblia en las instituciones de enseñanza.

Primariamente los congresistas proponentes debieron determinar los límites de las enseñanzas religiosasy analizar el contenido de los textos escogidos para ser estudiados.

No olvidemos que, al margen de que nuestros niños y jóvenes sean instruidos en el camino del bien en las escuelas y colegios, la responsabilidad de forjarles en justicia y honra corresponde a los padres de familia.

Porque en el seno de la familia es donde debemos inculcar los principios de vida como son: El respeto, la tolerancia, la solidaridad, la mansedumbre, la templanza y la bondad.

 

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