Los pueblos se expresan en las urnas, en aquellos países donde -al menos en el discurso- son pregonadas las libertades de la propia decisión y de la democracia.

Cuando la inconformidad de las mayorías se hace manifiesta, por la atrofia del sistema, o por razones conexas, los depositarios del poder devienen en la obligación de enderezar el rumbo de sus actuaciones, revisar sus decisiones, girar sus políticas y, en todo momento, escuchar al pueblo.

El ejercicio del poder absoluto termina por hartar a los pueblos; más todavía, si la pobreza los asfixia, su dignidad es pisoteada, la corrupción les cae como lápida en un entorno tirano.

En nuestra Honduras estamos abocados a un pre-diálogo que se ha reanudado tras sortear una serie de dificultades, trampas y tráfico de intereses de parte de ciertos sectores que se han dedicado a maquinar contra la reconciliación y la paz.

Aunque los esfuerzos por acercar a las partes han sido dilatados y han debido ser suspendidos por algunos tramos, lo importante es que las pláticas se mantienen vivas.

Debemos celebrar que nuestra situación no sea tan grave ni volátil como la que viven los hermanos de Nicaragua, país donde las masas han salido a las calles a exigir una recomposición social y económica, además de una vuelta hacia la buena gobernanza y la sana institucionalidad.

Justo esta semana se ha instalado una mesa a la que están sentados el Gobierno sandinista, los representantes de los sectores social, las fuerzas vivas y los empresarios, con la mediación del liderazgo de la Iglesia Católica.

El saldo de los disturbios es muy alto: Más de 60 muertos y pérdidas económicas sin cuantificar. Hasta ese extremo ha llegado la inconformidad expresada por sectores significativos que reclaman cambios profundos en el régimen Ortega.

No hace mucho, grupos representativos de Costa Rica hicieron escuchar su voz de condena contra la aprobación de una paquete de reformas fiscales lesivas a los intereses populares, en la gestión anterior.

¿Y por qué no hacer alusión a las jornadas intensas y valientes de los guatemaltecos que terminaron con el mandato de Otto Pérez Molina, metido en el aborrecible caso de corrupción bautizado como “La Línea”?

Nos hacemos eco de estos capítulos de la vida de nuestros pueblos de Centroamérica, porque de ellos hemos de aprender una lección: La voz del pueblo debe ser escuchada.

Tarde o temprano el poder absoluto se derrumba por el peso de las mayorías que demandan justicia, paz, bienestar, igualdad y ejercicio honesto del poder popular otorgado por depósito.

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