Los hondureños no salimos de una para entrar en otra.

En lo que tiene importancia para la gestión de los servicios asistenciales, estamos amenazados por continuos brotes, unos virulentos y otros moderados, causados por las demandas de médicos, personal de enfermería y de recursos administrativos y técnicos del sistema.

Justamente para hoy estaba programado un paro nacional de enfermeras y enfermeros auxiliares que, para dicha de la población necesitada, fue abortado tras un pliego de acuerdos preliminares a que llegaron los quejosos con autoridades de la Secretaría de Salud.

Los compromisos asumidos por los sectores confrontados permiten, al menos por ahora, el desarrollo de actividades asistenciales sin sobresaltos; entre éstas, la campaña de vacunación contra la influenza que inicia el lunes.

Esta semana ha sido especialmente agitada por los reclamos de las enfermeras y enfermeros auxiliares dirigidos a la apertura de más plazas para profesionales de ese sector en la red pública.

Los dirigentes del gremio habían denunciado el nombramiento de clientes políticos en cargos que pertenecen a personal formado en las áreas de atención de cabecera y cuidados directos a los pacientes.

Es cierto que se ha llegado a un entendimiento primario. Pero ello no es indicativo que la conflictividad ha sido superada en el renglón sanitario estatal. Apostamos a decir que nada más se ha evitado la propagación del fuego.

La cuestión de fondo es que el sector salud sigue atrapado en un enjambre de exigencias salariales, demandas sociales y movimientos de reivindicación de derechos integrales.

Las crisis se convirtieron en un común denominador, tanto aquéllas desatadas por razones laborales, como las motivadas eventualmente por la falta de medicamentos y suministros, e incluso los conflictos fabricados por juegos políticos.

Lo cuestionable es que, salvo unos cuantos casos, los profesionales a quienes se ha confiado la Secretaría de Salud han dejado en entredicho su capacidad de gestionar la política sanitaria nacional; más todavía su inteligencia y sentido común aplicado a la prevención de conflictos gremiales.

Los secretarios de Salud y sus subalternos, los anteriores -en su casi totalidad- y los que fungen en tales responsabilidades, se escondieron en su Despacho, se aislaron de sus asociados naturales, guardaron silencio o entraron en complicidad de irregularidades o actos de corrupción.

Y para no variar, nuestro sistema sanitario permanece sometido a los ataques bacterianos de la corrupción. Siempre se le ha considerado como un sector altamente sensible a las prácticas de deshonestidad.

El estado de nuestros servicios de salud es calamitoso. Literalmente se encuentra en coma, sin esperanzas de recuperar sus signos de sobrevivencia. Así será, mientras los pacientes no sean colocados en el centro de una política pública que privilegie calidad del servicio y un trato equitativo y humano a la población enferma.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here