La decisión de llevar la mesa del diálogo político al seno de la Cámara Legislativa le ha dado oxígeno a un esfuerzo para aproximar a los actores de la crisis, un proceso que había entrado en agonía.

Es una pena, pero debemos admitir que los hondureños tenemos serias dificultades para entrar en tierra fértil donde sea sembrada la semilla de la concordia y cosechado el diálogo.

Una muestra palpable es lo que ha ocurrido en la fase del pre-diálogo impulsado a instancias de la Organización de Naciones Unidas (ONU), y a la que han sido llamados todos los protagonistas de la inestabilidad política.

Apenas se habían llevado a cabo algunas aproximaciones entre representantes de los partidos Nacional, Liberal Innovación y Unidad (PINU), y delegados del ex aspirante, Salvador Nasralla, pero ya el pre-diálogo había caído en precario.

A las primeras de cambio, las iniciativas para acercar a las partes en conflicto se tornaban inciertas por el reclamo de los líderes y dirigentes políticos de sus propias tesis de legitimidad electoral y viabilidad democrática.

De estas diferencias se habían valido personajes de distinta divisa política para fundamentar la negativa a ceder en sus posturas y avenirse a un consenso sincero en pro de la institucionalidad sólida del país.

Los encuentros preparatorios hubiesen quedado en un punto muerto de no ser porque oportunamente se ha encontrado una sana alternativa cual es la de mover las pláticas al escenario de debate político apropiado: El Poder Legislativo.

Es en este escenario donde los actores de la crisis tendrían que encauzar sus demandas y planteamientos en aras de garantizar la estabilidad nacional en todos sus órdenes.

Buenos sería que los políticos y quienes integramos esta sociedad tumultuosa, dividida y enfrascada en mezquindades y ambiciones mórbidas, nos preguntemos: ¿Por qué los hondureños no somos capaces de dialogar y de ponernos de acuerdo?

Tendría provecho que nos cuestionáramos acerca de la inclinación que existe en nuestro país a boicotear todos los planes que buscan la generación de respuestas a nuestras dificultades, tanto de coyuntura como estructurales.

Tal parece que nuestra tendencia es suicida y que nos resistimos a salir de esta Honduras empobrecida, corroída por la corrupción, sumida en el retraso y presa de las codicias insondables de los políticos.

Servida la mesa política en la Cámara Legislativa, tenemos en frente una nueve oportunidad. Exploremos las avenidas del consenso, encontremos la fórmula del entendimiento y tracemos juntos la estrategia de desarrollo de esta nación.

Si no somos capaces de lograr una convivencia fundamentada en el respeto, la tolerancia y el bien común, simplemente tendremos un país hecho jirones.

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