Los atroces crímenes cometidos contra menores de edad la semana que recién terminó, nos han tocado las fibras más sensibles.

Uno de tales eventos repudiables es el de Eduardo Peralta Rivera de 12 años, quien murió en el Hospital Materno Infantil, donde fue trasladado luego de recibir un impacto de bala de manos de malhechores que atacaban un autobús de la aldea Suyapa, en la capital.

En Guaimaca, Francisco Morazán, el niño de 13 años, Maynor Castejón Medina, fue abatido por sujetos que irrumpieron en la casa de su abuela y descargaron sus fusiles AK-47 contra su víctima inocente.

Sigue la lista trágica: En San Pedro Sula, un pandillero segó brutalmente la vida de una adolescente de 15 años, identificada como Marisol Cortés Figueroa, a quien le infirió varios disparos de arma de grueso calibre, enfurecido porque no aceptó ser su novia.

No podemos menos que condenar estos actos de extrema violencia que le han cortado la existencia a tres niños en apenas unas horas esta semana. Son pérdidas irreparables y frente a tales, tampoco debemos privarnos de exigir que se haga justicia.

Lamentablemente la demanda para que sean sometidos a la dureza de la ley los culpables de hechos indignos como los referidos, ha sido como una voz en el desierto.

Los registros desnudan a Honduras como uno de los países con la tasa más alta de muerte de niños en circunstancias generadas por las pandillas o en conflictos domésticos.

En los últimos ocho años no menos de 1,300 menores perecieron violentamente. ¡Qué desgracia! Porque nos retrata como un territorio hostil para los niños y también como un colectivo donde prima la brutalidad y el desprecio por la vida.

Cada uno de los sectores que componemos esta sociedad contaminada, enferma y cruel, estamos ante el apremio de tomar nuestra responsabilidad y apropiarnos de la posición que nos corresponde para evitar que esta hibueras siga tiñéndose de la sangre inocente de los niños asesinados vilmente.

¡No más impunidad!

 

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