Hay una gran historia detrás de cada cítrico, pues han sido testigos de la historia de la humanidad. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: han existido desde el mioceno, hace ocho millones de años; es decir, antes de la aparición de los homínidos modernos.

  Así lo confirma un estudio llevado a cabo por el Centro de Genómica del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (Ivia), el cual fue publicado en revistas científicas como Molecular Biology and Evolution y Nature Biotechnology.

Según los científicos, el ancestro de todos los cítricos o citrus —entre ellos naranjas, limones, toronjas o mandarinas— es endémico del sudeste de Asia —por ese motivo, en un juego de palabras, las hemos llamado frutas “asiátricas”—.

Para este trabajo se analizó el genoma de 30 especies; en concreto, se leyó el ADN de los cloroplastos, unos orgánulos presentes en las células vegetales que tienen información genética heredada de la madre. Con esto fue posible reconstruir su árbol genealógico, el cual da cuenta de un proceso evolutivo complejo. “La naranja dulce es hija de un pummelo (la madre del pomelo) y de una mandarina salvaje”, comenta el biólogo Manuel Telón, director del Ivia. Dicho “matrimonio” sucedió en la China occidental hace unos tres mil años.

En ese cruce, la mandarina era el padre y se caracterizaba por su acidez y por estar llena de semillas, lo cual la hacía incomestible. Su polen viajó a través del viento hasta las flores de la madre, un pummelo, de características dulces. El fruto de ambos fue la primera naranja que, según Telón, fue detectada por un agricultor chino que perpetuó su cultivo mediante injertos. Fue de esa forma que los diferentes cítricos empezaron a conquistar al mundo. “Hubo una enorme cantidad de mestizajes entre las especies ancestrales; tales cruces comenzaron a dar tamaños razonables y frutas que equilibraban el exceso de acidez y de dulzor, lo cual permitió que fueran comestibles”, añade el experto. De ahí nacieron las actuales mandarinas, naranjas, limones o toronjas.

La actividad humana también contribuyó en su propagación. La naranja dulce, por ejemplo, arribó a la Península Ibérica a finales del siglo XV, gracias a los comerciantes portugueses e italianos, para luego llegar a América casi al mismo tiempo, precisamente en 1492, abordo de las carabelas de Cristóbal Colón.

Aporte científico

¿De qué sirve tener un mapa sobre cómo evolucionaron estas frutas? No se trata de un simple pasatiempo; de hecho, el aporte es enorme, ya que de esta forma los científicos tienen una referencia sobre cómo producir nuevas variantes de cítricos con otros sabores, más nutrientes y que, además, puedan ser resistentes al cambio climático o a las plagas, pues este cultivo es particularmente frágil.

Esto último resulta trascendental, ya que existe un pseudohongo capaz de arrasar con los naranjales debido a la gomosis, una enfermedad que se desarrolla en el área del tronco —a veces en las ramas— de plantas y árboles que causa secreción de sustancias gomosas de tonalidad ámbar. “Estudiar los genomas permite saber qué especies son más resistentes a condiciones adversas y por qué, para conseguir variedades mejor adaptadas”, explica Joaquín Dopazo, jefe de Bioinformática y Genómica en el Centro de Investigación Príncipe Felipe, en Valencia, y coautor del árbol genealógico del Ivia. “Hasta ahora, el 99 por ciento de cítricos han aparecido por casualidad en el campo y han sido seleccionados por los agricultores, pero estas investigaciones abren la posibilidad de crear más variedades en el laboratorio”, insiste Talón. (Prensa Libre)

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